domingo, abril 22, 2018

¿ES NECESARIO CELEBRAR EL DÍA DEL LIBRO?


Leer nos permite adquirir conciencia del mundo y de nosotros mismos. Leer nos devuelve al estado de la palabra y, por lo tanto, porque somos seres de palabra, a lo que somos esencialmente.
(Alberto Manguel)


           Mucha gente se hará esta pregunta y Zalabardo también me la repite con frecuencia. Mi respuesta siempre es la misma: mientras tengamos que soportar la censura será necesaria la defensa del libro. ¿Pero hay censura?, preguntan algunos cándidos. ¿Acaso no se nota? Mientras nos enfrentemos al nuevo puritanismo que solicita la condena de Lolita, de Nabokov; mientras la Conferencia Episcopal Española impida la publicación y difusión de Jesucristo. Una visión histórica, del teólogo J. A. Pagola; mientras, pese a que la Inquisición desapareciera (en realidad solo cambió de nombre) y aunque no se reedite el Índice de libros prohibidos se diga que su contenido sigue vigente (no olvidemos que allí aparecen el Lazarillo de Tormes o Madame Bovary); mientras una influyente institución religiosa, el Opus, tenga su propia lista de libros prohibidos, entre los que aparecen autores como Alberti, Isabel Allende, Baroja, Flaubert, Joyce; mientras las editoriales vean el libro como negocio y no como manifestación cultural…, será necesaria la defensa del libro.
            Mañana, 23 de abril, Día del Libro, a esta hora —escribo esto un poco después de las 20:00 del domingo— estaré en mi pueblo, Osuna, haciendo un elogio del libro y de la lectura. Porque no quiero que un día pudiésemos encontrarnos en una sociedad como la retratada por Ray Bradbury en Fahrenheit 451. En el apunte de hoy, prefiero dejar algún fragmento de esta inquietante novela de 1953:
            “—¿Le gustaría algún día, Montag, leer La República, de Platón?
            —¡Claro!
            —Yo soy La República de Platón. ¿Desea leer a Marco Aurelio? Mr. Simmons es Marco.
            —¿Cómo está usted? —dijo Mr. Simmons.
            —Hola —contestó Montag.
            […]
            —También nosotros quemamos libros. Los leemos y los quemamos, por miedo a que los encuentren. Registrarlos en microfilm no hubiese resultado. Siempre estamos viajando, y no queremos enterrar la película y regresar  después a por ella. Siempre existe el riesgo de ser descubiertos. Mejor es guardarlo todo en la cabeza, donde nadie pueda verlo ni sospechar su existencia. Todos somos fragmentos de Historia, de Literatura y de Ley Internacional, Byron, Tom Paine, Maquiavelo o Cristo, todo está aquí.”

            En el mundo imaginado por Bradbury, los bomberos no apagan incendios, sino que los provocan para quemar libros porque “quién sabe cuál podría ser el objetivo de un hombre que leyese mucho.”


sábado, abril 14, 2018

OSUNA Y EL DÍA DEL LIBRO


Hay quienes no pueden imaginar un mundo sin pájaros; hay quienes no pueden imaginar un mundo sin agua; en lo que a mí se refiere, soy incapaz de imaginar un mundo sin libros.
(Jorge Luis Borges)

  
          Osuna […] está edificada en la ladera de una de las aisladas colinas que se levantan como avanzadilla de la Serranía de Ronda y tiene delante una gran llanura […] desde donde se puede contemplar una hermosa vista de la colegiata y del colegio al que está unida la Universidad de la ciudad […] Mantiene tres conventos de frailes y dos de monjas…tuve ocasión de conocer a dos interesantes personajes: una monja milagrera y otra desesperada… Así comienza José María Blanco White la descripción de Osuna en una de sus interesantes Cartas de España, que publicó en 1822.
            Zalabardo dice no entender la pasión que siento por mi pueblo, Osuna, sobre todo si se atiende a dos razones: los muchos años que llevo viviendo fuera y el hecho de que nacer en un lugar es solo cuestión de azar. Mantiene mi amigo que ser de Osuna, de las Batuecas, de España, de Uzbekistán o de Senegal no es más que una caprichosa decisión del destino, por lo que, del mismo modo que soy natural de Osuna, podía haberlo sido de Villafranca de los Barros, por poner un ejemplo no demasiado lejano.

           Naturalmente, le doy la razón y le pido que no me considere chovinista, puesto que no lo soy; que no piense que soy de los que llevan la palabra patria continuamente en la boca, pues, como él, rechazo cualquier tipo de nacionalismo y patriotismo, porque todos acaban siendo excluyentes. De mi pueblo, le aclaro, hay cosas que me gustan y cosas que no tanto y desearía que cambiasen. Pero mi pueblo es como es y así lo acepto, pues imagino que también yo tendré cosas que no gusten a los que viven en mi entorno. Lo mío con Osuna es, le digo, un sentimiento, arraigado y profundo, porque en mi interior experimento bullen muchos recuerdos (de lugares y, sobre todo, de personas) que me siguen uniendo al pueblo; y, como cualquier sentimiento, ni se puede explicar racionalmente ni, por supuesto, se ha de intentar imponer a nadie.
            De mi pueblo recuerdo, también, muchas palabras que ya no oigo. Había ocasiones en que ayudaba a mi madre a preparar algofifas con hojas de pita para fregar los suelos; mi padre me pedía que le sacara la damajuana que había metido en el pozo, cogida con una cuerda, para que tuviese el agua fresquita; veía a los hombres que salían a desvaretar los olivos o a los cabreros que regresaban cargados de ramones para sus cabras; jugábamos en las regueras de alguna huerta o en las cámaras de casa de los amigos, donde se guardaban todo tipo de cachivaches o se colgaban de perchas chorizos de la matanza; pasábamos largas horas sentados en el sardinel de cualquier casa conversando; alguien comentaba que una tarea era muy manera; la voz de mi madre reclamaba mi vuelta a casa y yo le pedía que me dejara jugar una mijilla más. Miles de palabras que creía perdidas para siempre.

           La conversación ha salido porque en Osuna, no sé desde cuándo, es costumbre, para celebrar el Día del Libro, editar una antología de textos de autores locales, que se distribuye en un acto organizado a tal fin. Dos circunstancias concurren para que hoy yo le hable a Zalabardo de este asunto: que el acto se celebre en el paraninfo de la antigua Universidad, que luego fue instituto (en él cursé mis estudios de bachillerato) y ahora vuelve a ser Universidad; y, por encima de esto, que me hayan pedido que, en esa celebración, el próximo 23 de abril, sea yo quien hable en nombre de los nueve escritores seleccionados para la antología de relatos que se publicará este año. Eso, para mí, es un honor que no imaginé nunca.
            Digo que somos nueve los autores elegidos para tal evento. Mi nombre se une al de estos otros que cito siguiendo el orden alfabético de sus nombres: Antonio G. Ojeda, Francis López Guerrero, José María Contreras Espuny, José Miguel Suárez Madrid, María Reyes Angulo Pachón, Manuel Jiménez Friaza, Quico Chirino y Víctor Espuny. Solo quiero resaltar tres cosas. Una, la alegría que me produce observar cómo en mi pueblo pervive una antigua inquietud cultural, debida en gran parte a aquella antigua Universidad que más tarde fue mi instituto. La segunda, la circunstancia de que bastantes de nosotros coincidamos en reivindicar el valor del recuerdo y la memoria y convirtamos el pueblo en espacio de nuestros relatos. Y la tercera, el tremendo placer sentido, al leer los cuentos de mis compañeros, viendo cómo ellos han conservado esas palabras que yo creía perdidas y con las que ahora me reencuentro
            Sí, porque leyendo los cuentos de mis compañeros, he recuperado el recuerdo de las damajuanas, de los regueras, de las algofifas y los sardineles, de las cámaras. No voy a afirmar que sean todas palabras específicas de Osuna, cuestión muy difícil de mantener; pero sí puedo decir que muchas de ellas había dejado de oírlas, al menos con el sentido que en el libro se emplean, desde que salí de mi pueblo. Leyendo los cuentos de estos compañeros, le digo a Zalabardo, he sentido una mijilla de pellizco en el corazón, porque esas palabras aún viven.
            Ese es el sentimiento del que le hablaba a Zalabardo. Ese es uno de los hilos que forman la urdimbre sobre la se dibuja el recuerdo que guardo de mi pueblo. El sentimiento que hace que Osuna, sin ser mi patria, sea, no obstante, mi pueblo. A mí me gusta más lo segundo que lo primero. Y, el Día del Libro, espero encontrarme allí con muchos amigos y escuchar atentamente sus palabras. Como Borges, tampoco yo imagino un mundo sin libros.


sábado, abril 07, 2018

LA MALEDICENCIA Y LAS REDES


De diez cabezas, nueve
embisten y una piensa.
Nunca extrañéis que un bruto
se descuerne luchando por la idea.
(Antonio Machado)


           Bien es sabido, lo he comentado muchas veces con Zalabardo y lo digo sin rubor, que llegué a este mundo de las redes sociales tarde y mal, razones ambas, desde mi punto de vista, complementarias. Tarde, lógicamente, por mi edad; pertenezco a una época en que no había móviles, ni tabletas, ni ordenadores, ni internet, ni libros electrónicos; por si todo eso fuese poco, la televisión no llegó hasta el momento en que daba los primeros pasos hacia mi adolescencia. La principal virtud de la televisión, en aquellos años, era la inocencia. Y llegué mal porque, no me avergüenza decirlo, soy torpe en el manejo de las nuevas tecnologías y me cuesta resolver muchos aparentes problemas que para cualquier nieto son una nimiedad.
            Pero, creo que eso también lo he dicho, nunca hablaré mal de las redes; constituyen, según palabras recientes de Pérez-Reverte, una herramienta rápida, multidisciplinar y potentísima. Y, como no podía ser menos, cualquier herramienta es buena si la usamos de manera conveniente. Que una persona mate a otra a martillazos no es culpa del martillo, sino del bestia que lo emplea para lo que no fue pensado.
            Así que, con todas mis dudas, desconocimientos e inseguridades, un buen día pensé que nada malo existía en aprender a utilizar un ordenador, o que el teléfono móvil (que yo me empeñaba inútilmente en llamar portátil) podía resolver no pocos problemas, o que no hay pecado en leer un libro en formato electrónico. Me introduje despacio, muy lentamente, como el bañista temeroso, también ese era yo, hace en la playa. Y, hace de ello doce años, comencé a escribir este blog, La Agenda de Zalabardo. Prudente, o tímido, me pregunté, y discutí con mi amigo, de qué escribiría. Zalabardo, razonable donde los haya, me aconsejó aquello de zapatero a tus zapatos y puso énfasis, además, en que, sobre todo, procurara no dañar nunca a nadie con lo que escribiera.
            Le hice caso y pensé que no estaría mal dedicar cada apunte a comentar dudas lingüísticas, tratar de corregir vicios que se cometen al hablar o escribir, difundir curiosidades en torno al origen y a la historia de palabras y refranes…; si yo era filólogo, esos son los zapatos de los que podría hablar sin desbarrar demasiado. No me gusta ser como esos tertulianos modernos, que hablan de lo divino y de lo humano sin conocer, quizá, ni lo uno ni lo otro. A pesar de ello, alguna vez he salido de mi senda para comentar algún tema de la actualidad, como hago hoy. Pero esos apuntes han sido los menos frecuentes.

           Pasaron los años y fui entrando en otros ambientes. Cuando publiqué mi primera novela, en la editorial me dijeron: “En este mundo, si no estás en Facebook no eres nadie.” Y construí mi muro y me hice con un grupo de amigos. No miles ni nada de un número desproporcionado, ¿acaso alguien puede tener tantos amigos? Después, amigos, estos sí de verdad y no virtuales, o compañeros, solicitaron mi ingreso en algún grupo de Whatsaap y en esas estoy. Porque, ya se sabe, aunque el espíritu esté dispuesto, la carne suele ser débil y no supe negarme, ni quise, que todo hay que decirlo, pues uno no debe presumir de inocente cuando no lo es.
            Pero, ¡ay!, tal como digo lo anterior, he de decir que muchas veces estoy tentado de derribar mi muro y de abandonar los grupos de Whatsaap. Encuentro muchas cosas en las redes que no me gustan. Como dice Pérez-Reverte, hoy lo cito bastante, “las redes sociales están llenas de gente con ideología, pero sin biblioteca.” Y hace unos días, presentando su última novela, decía: “Cualquier imbécil puede decir que es Espartaco, pero ese título no se gana poniendo un tuit.”
            ¿Qué no me gusta de las redes? Sobre todo, la maledicencia, ese afán de hablar en perjuicio de alguien, denigrándolo lo más que se pueda. Pero hay más. Jamás entenderé, por ejemplo, la tendencia tan acusada a difundir bulos sin analizar su autenticidad, a atribuir frases o hechos a personas que nunca las han dicho ni realizado, a repetir hasta la saciedad textos que ya otras personas han dado a conocer (¿es que no leen lo que los demás miembros del grupo aportan?), a bombardear con las creencias propias (religiosas o políticas) sin el menor respeto a las creencias de los demás, a insultar sin el menor sonrojo… Sí, todo eso es maledicencia porque en las redes se insulta mucho, haya o no razón para ello (pienso, le digo a Zalabardo, que nunca hay razón que valga para insultar). Cómo estará la cosa que hasta los políticos se olvidan del Parlamento y desempeñan su función (o eso creen ellos) a través de Twitter.

            En las redes, me dice Zalabardo y le doy la razón, se argumenta poco y se grita mucho. Todo vale para dar rienda suelta a nuestros más escondidos instintos: si no nos gusta el nacionalismo de un color, atacamos esgrimiendo el nacionalismo más opuesto, sin pensar que ambos son igual de casposos; si una suegra y su nuera tienen desavenencias, nos apresuramos a tomar partido por una de ellas, sin reparar en que quizá sería mejor que arreglásemos los problemas de nuestra propia casa antes de meternos en la ajena; si representantes del partido político hacia el que me decanto tienen un comportamiento reprobable, no los censuro, sino que busco la forma de criticar comportamientos igual o más viles en los responsables de otros partidos.

            Todo se hace acogiéndose a la sacrosanta libertad de expresión, que para no pocos no es sino la espita por la que sueltan, aunque lo nieguen, su racismo, su intolerancia, su xenofobia, su fanatismo, su ignorancia. Eso sí, dando muchas muestras de escándalo y rasgándose hipócritamente las vestiduras cuando se sienten aludidos. Es decir, aquello de ver la paja en el ojo ajeno sin reparar en la viga que ciega el propio.
            Sin embargo, aunque más de una vez me planteo abandonar las redes, acabo por mantenerme en ellas. Primero, confieso a Zalabardo, porque como antes decía, no es el instrumento lo malo; la maldad está en quienes lo prostituyen. Y en segundo lugar, vuelvo a palabras de Pérez-Reverte, porque confío en que el talento acabe por imponerse en este caótico mundo y la cabeza pensante de que hablaba Machado se imponga sobre las que embisten.


domingo, abril 01, 2018

LA SAL, EL SALARIO Y EL SALERO


E si la eglesia fuere cossagrada puede la el obispo reconciliar con el agua benita que el mismo ouiesse fecha.o con la que otro obispo ouiesse bendezido.en que ouiesse uino & sal assi como lo deue auer en la que fazen pora reconciliar las eglesias.                     
(Alfonso X. Primera Partida)

Dice nuestro refranero: Derramar el vino es buena señal; pero no la sal y Si se vierte el salero, faltará la razón, pero no el agüero. Mi paisano Rodríguez Marín recoge el que afirma Sal con tomate, jamón del pobre. Y aún hay otros como: De los olores, el pan; de los sabores, la sal o Al hablar como al guisar, su granito de sal.
            Vemos, pues, que el saber popular pondera la sal y le confiere valor simbólico en ritos de muy diferente naturaleza a la vez que considera de mal agüero derrocharla o derramarla. La sal, le digo a Zalabardo arrastra una larga historia donde se mezclan factores alimentarios, sociales, religiosos, mágicos o, simplemente, supersticiosos. Tendríamos que remontarnos hasta la Biblia, ya que en el Levítico, libro dedicado a explicar los ritos y los sacrificios y cuya primera redacción se atribuye a Moisés (que debió vivir en torno al siglo XV antes de Cristo) leemos: Todo lo que ofrecieres en sacrificio lo has de sazonar con sal; ni faltará del sacrificio la sal de la alianza con Dios. En todas tus ofrendas ofrecerás sal. Y habremos de suponer que no era nada nuevo y su antigüedad era aún mayor. Más tarde, los antiguos romanos, cuando alguien los visitaba, lo primero que hacían era ofrecerle pan y sal en muestra de hospitalidad y respeto. Costumbre que no deberíamos olvidar en este periodo triste en que tantas líneas rojas se trazan y tan reacios somos a debatir y dialogar para lograr puntos de confluencia.

Y aún hay más. Tendríamos que remontarnos a los egipcios para justificar el comienzo de la utilización para los embalsamamientos; o su utilización para preparar salazones y para conservar alimentos; también se emplea en el rito de la bendición del agua o, volvemos a mirar a los romanos, a los soldados se les pagaba con una ración de sal o con el dinero suficiente para adquirirla, de donde procede nuestra palabra salario, ‘retribución justa por el trabajo que se realiza’.
Si entramos en el terreno de creencias populares y supersticiones, podemos pensar la costumbre en el teatro japonés de echar sal sobre el escenario para propiciar el éxito; y los luchadores de sumo realizan la misma acción antes de comenzar cada combate. Hay lugares donde se coloca un plato con sal debajo de la cama de un enfermo para acelerar su mejoría y, entre campesinos, se vierte algo de sal en las esquinas de los establos para proteger a los animales de todo mal.
“¿Entonces —me pregunta Zalabardo— qué hay de la atribución a Da Vinci y su cuadro La última cena, en el que se ve a Judas volcar distraídamente con el codo un salero, la creencia de que derramar la sal tiene mal agüero?” Le digo que no creo que haya que tener tal cosa en cuenta; que es más probable que sea al revés y que el pintor se apoyara en la superstición para introducir la escena en su cuadro.

           Le cuento, por último, la curiosidad del texto de Alfonso X que introduce este apunte. Habla el rey de que había que limpiar y purificar con agua bendita, en que se emplea vino y sal, todo templo en que se haya cometido alguno de estos dos delitos: herir a alguien o cometer fornicación.
            La verdad, le digo a Zalabardo, es que la mayoría de las personas suele afirmar con muchas seriedad que no cree en las supersticiones, aunque, no obstante, muchas son las que evitan coger directamente el salero que le ofrece otra personas y requieren que lo depositen sobre la mesa. Por el contrario, también es frecuente que de la persona que muestra gracia y desparpajo se dice que tiene mucho salero.

domingo, marzo 25, 2018

HISTORIAS DE PALABRAS: MEAPILAS (Y ALGO SOBRE EL AGUA BENDITA)


            Y no es que uno sea un meapilas, pero las cosas serias, serias son y no hay por qué menearlas.
(Miguel Delibes, 1958)

Piscina de Siloé
            Son los hablantes quienes reflejan su personalidad y su ideología en el lenguaje. Se lo he explicado a Zalabardo de forma reiterada y hoy vuelvo a ello al recordarle que, aunque la lengua disponga de elementos que en su propia naturaleza contienen un matiz despreciativo (atendamos a los sufijos de casucha, poetastro, bodorrio…), la idea de desprecio solo se hace efectiva cuando, voluntariamente, decidimos utilizar la palabra con finalidad ofensiva. Por eso, en ocasiones y desde nuestra perspectiva, el político o la gente se convierten en politicastro o en gentuza.
            Mi idea, eso trato de transmitir a mi amigo, es que la finalidad peyorativa o insultante está más en la intención del hablante que en la propia naturaleza del lenguaje. Le pongo el ejemplo de un recurso de nuestra lengua para formar palabras, el de unir un verbo con un sustantivo. Muchas de estas palabras (guardamuebles, limpiacristales, portavoz…) las percibimos como carentes de intención torcida. En otras encontramos un matiz que, sin ser positivo, tampoco suena despreciativo (destripaterrones, buscabocas, zampabollos…). Hoy mismo leo en un artículo de David Araújo que caganidos o secaleche, términos con que es algunos países americanos se señala al ‘ultimo hijo de una familia’ son términos poco honorables, y no termino de saber por qué. Por fin, hay otros, a mi juicio, que siempre encierran una intención despreciativa hacia quien lo asignamos; picapleitos o juntaletras, valgan por caso.       

Pila de agua bendita. Catedral de Medellín
Me pregunta Zalabardo si habría que unir a ellas meapilas. Le respondo afirmativamente y le pido que repare en su relativa novedad. El CORDE (Corpus Diacrónico del Español) no recoge más que dos documentos en que se utilice meapilas antes de 1974. El más antiguo es el de Miguel Delibes que cito al principio. Su origen parece tener un trasfondo hiperbólico y burlesco. Es un meapilas quien, de tanto abusar del agua bendita, acaba por convertirla en el principal componente de su orina. El DLE se limita a remitirnos a santurrón, aunque lo cierto es que, en su uso, se le han ido sumando otras connotaciones. A ‘beato de misa y confesión diarias’ se le añadió ‘que, por detrás, hace lo contrario de lo que predica’, y por ahí ha pasado a ‘gazmoño’, ‘hipócrita’ e, incluso, ‘individuo falto de personalidad’.
            Y, ya que se habla de pilas y de agua bendita, no estaría mal referirse a ambas. Conocida es la simbología que en todas las culturas y religiones ha acompañado al agua y la tendencia hacia el sincretismo (es decir, acoger fiestas, lugares y prácticas anteriores y adaptarlas a su propia naturaleza) que acompaña, como a muchas otras religiones, al Cristianismo. Aquí entra el agua, bendita o no, que en todas las culturas se ha concebido como principio de vida, elemento purificador e incluso de sanación. No olvidemos nuestro refrán Algo tendrá el agua cuando la bendicen.
La ley judaica establecía la obligación de las abluciones ante determinadas festividades o actos de la vida cotidiana. Las ciudades judías tenían piscinas o fuentes de distinta naturaleza: para lavar el ganado y purificarlo antes de un sacrificio, para abluciones o para sanaciones. El carácter sanador del agua provenía, como todavía hoy se observa, de la existencia de manantiales de aguas termales, sulfurosas, ferruginosas, etc., a las que la gente sigue acudiendo en busca de remedio a sus achaques. El Islam, otra religión con notables sincretismos, imitó estas costumbres judías y concedió gran valor al agua en los ritos y en la vida diaria. En el Corán se lee: “Cuando os dispongáis a hacer la plegaria, lavad vuestras caras y vuestras manos, hasta los codos.” Y se siguen enumerando todos los casos en que es necesaria la purificación mediante el agua.

Murillo: Jesús cura a un mendigo
Y el Cristianismo no se quedó atrás. Sin embargo, leyendo el Nuevo Testamento, queda la duda de si Jesucristo estaba a favor o en contra de los ritos de agua. Se sometió al bautismo de Juan en el Jordán; por san Mateo sabemos que llamó hipócritas a los escribas y fariseos que le preguntaron por qué ni él ni sus discípulos cumplían con las abluciones antes de comer; y por san Juan, que, al ciego que curó en Siloé, le dijo: “Ahora ve a la piscina y lávate”, o sea, que se purificara, en tanto que al mendigo que se hallaba junto a la puerta Probática y se quejaba de no tener quien lo llevara hasta la piscina de la que se creía que tenía propiedades curativas lo curó sin necesidad de acercarse al agua. Como vemos, una de cal y otra de arena.
            No obstante lo anterior, en las basílicas primitivas había estanques, fuentes o pilas de agua para las abluciones, tal como aún se conservan en mezquitas musulmanas. Pero, y le digo a Zalabardo que esta es una humilde tesis mía, llegó un momento en que los cristianos desearon diferenciarse de judíos y musulmanes. Sería el papa san Alejandro quien, en el siglo ii aceptara el empleo del agua como elemento purificador y estableciera el rito para bendecirla, con lo que ya aparece el agua bendita. Y un obispo del siglo iv, Tumis, habló de la costumbre de bendecir el agua y el aceite para fines sanadores: En cambio, llegado ya el siglo v se comenzó a defender que los efectos del agua eran más espirituales y sacramentales, aunque nunca se haya perdido la creencia de que determinadas aguas puedan curar.

Pila de agua bendita. San Agustín de Valdefuentes
Hay, además, otras cuestiones que explican la sustitución de las fuentes o piscinas por las pilas. La obligación, necesidad o pía costumbre de lavarse para aparecer limpios en los cultos fue origen de numerosos casos de contagios y transmisión de epidemias. Solución lógica e higiénica a la vez: quitar fuentes y estanques y poner pilas, a la vez que se prohibía tocar directamente el agua que contenían. Tal cosa aconteció en el siglo xi; además, el agua había de aplicarse mediante un aspersor (una rama de laurel, hinojo, palma o incluso un rabo de zorro, antecedentes del hisopo). Para no alargar el relato, le recuerdo a Zalabardo que, ya en el siglo xvi, san Carlos Borromeo decretó que las pilas de agua bendita habrían de estar dentro de los templos y no fuera; el material de que estarían hechas y que serían dos, separadas una a la derecha y otra a la izquierda, para hombres y mujeres respectivamente. A lo que se ve, tampoco en aquellas fechas la Iglesia veía con muy buenos ojos el asunto de la igualdad.


sábado, marzo 17, 2018

HISTORIAS (Y LEYENDAS) DE PUEBLOS


            Del lethe o letze (olvido) tomaron nombre los ríos Guadalete y Limia, el primero por el armisticio ajustado en sus orillas entre cartagineses y españoles, y el segundo por la creencia de que sus aguas hacían perder la memoria a quienes las bebían.
(Fermín Caballero: Nomenclatura geográfica de España. 1834)


           A propósito de un paseo por los bellos parajes de la Fuente de los Cien Caños y el Mirador del Hondonero (en tierras de Villanueva del Trabuco y de Villanueva del Rosario), me preguntaba una antigua, respetada y admirada profesora de mis años en la Universidad de Sevilla, la poeta Julia Uceda, por la razón del nombre del primero de esos pueblos.
            Hasta donde yo sé, no conozco documentos que lo certifiquen, le he contado las dos historias (o leyendas) que existen sobre el tema; la más verosímil es la que mantiene que se llama así porque cuando los Reyes Católicos acamparon allí antes del asedio de Málaga, aprovecharon para construir con la madera de los árboles de la zona trabucos, es decir, catapultas. El nombre viene de trebe, ‘viga’, que era la pieza principal de dicho artilugio militar. Nada tiene que ver la localidad con el posterior trabuco, arma de fuego, inventado con bastante posterioridad a que el pueblo tuviese el nombre que conocemos. Pero, mientras lo hacía, me vino a la memoria que, en esto de los pueblos, y no solo por sus nombres, nos encontramos con historias curiosas.

           Por ejemplo, siempre creí, y no era el único, que el nombre de mi pueblo, Osuna, procedía del antiguo nombre latino Urso, que significa oso. De hecho, en el escudo de la población aparece una matrona (en otras versiones una esfinge) sobre un torreón que flanquean dos osos rampantes. Sin embargo, más tarde he conocido una versión que pone en duda todo lo anterior. Cuando los romanos llegaron a aquellas tierras, el pueblo ya se llamaba Urtzo o algo parecido, y los conquistadores solo latinizaron el nombre. Urtzo, leía, es una palabra de origen ibérico que se relaciona con ‘laguna’, ‘terreno pantanoso’. Según eso, el nombre de mi pueblo no significa ‘tierra de osos’, que nunca los hubo, sino ‘tierra de lagunas’, de las que todavía perduran algunas, más cercanas a La Lantejuela (sobre cuyo nombre también hay dudas, pues unos lo hacen proceder del apodo de un rico hacendado, el tío Lentejas, y otros de que en sus tierras, mientras araba, un labrador halló unas lentejuelas de oro) que a la propia Osuna.

           Pero si hablo de historias curiosas de pueblos, le digo a Zalabardo, hay otra que resulta quizá más atractiva en la que también se mezclan historia y leyenda y que alguna relación tiene con mi pueblo. En Olvera, de la provincia de Cádiz, hay una zona llamada Valle Hermoso. Cuenta la leyenda (¿cuántas de estas hay por toda España?) que en 1512, un pastor había perdido una res de su rebaño y, buscándola, lo que halló fue una talla de la Virgen María depositada en una cueva donde manaba una fuente (llamada por lo acaecido de los Caños Santos). Por tres veces la llevó a la parroquia de Olvera, pero la imagen desaparecía y volvía a ser encontrada en la cueva. Se decidió, pues, levantar allí una ermita y poco después, don Juan Téllez Girón, iv Conde de Ureña, cedió en 1542 unos terrenos para erigir un convento que regirían los franciscanos. Este Conde, hombre magnánimo, fundó 16 monasterios y, en su pueblo, Osuna, la Universidad, la Iglesia Colegial y la Capilla del Santo Sepulcro entre otras cosas. En el Monasterio de Olvera se veneraría la que se llamó Nuestra Señora de los Caños Santos, a la que se guardaba gran devoción en toda la comarca, especialmente en Alcalá del Valle, pueblo también gaditano situado a 8 kilómetros, en línea recta, de Olvera, pero junto al lugar de Valle Hermoso.

            En 1810, cuando los franceses ocuparon la provincia de Cádiz, los vecinos del pueblo malagueño Cañete la Real, a 12 kilómetros, en línea recta, del paraje del que hablamos, se llevaron la imagen para preservarla del saqueo. Pasados aquellos años de guerra contra los franceses se optó por donar la imagen al pueblo de Cañete en recompensa por su valentía y Nuestra Señora de los Caños Santos pasó a ser patrona de la localidad.
            Pasan los años, el convento es abandonado y acaba en estado ruinoso. De él, lo más notable que queda es la fachada y parte de la iglesia. En 1984, el Ayuntamiento de Alcalá del Valle propone comprarlo al de Olvera, junto a unas pocas tierras de su entorno, operación que se lleva a cabo. Sobre las ruinas, se proyectó construir un hotel, aunque, por causas que ignoro, ya iniciadas las obras, el plan se detuvo y allí siguen los restos del Monasterio y el hotel a medio construir.

            Es un bonito enclave en el que cada año se celebra una romería. ¿Curiosidad de esta historia que acabo de contar?: el Monasterio de Nuestra Señora de los Caños Santos es un hermoso paraje enclavado en el término municipal de Olvera, que, sin embargo, pertenece a Alcalá del Valle, en tanto que la imagen que da nombre al lugar se encuentra en Cañete la Real, de donde es patrona.
           

sábado, marzo 10, 2018

LA RAE NO DICE ESO



            El Diccionario no juzga la Historia, solo la refleja. El mero hecho de que no nos gusten algunas definiciones no nos autoriza a desterrarlas, como un periodista no podrá omitir la existencia de Augusto Pinochet aunque le desagraden sus vómitos logorreicos (Álex Grijelmo, 1998)

            El pasado día 8 de marzo, Día de la Mujer, comentando una de las preguntas, y su correspondiente respuesta, el presentador de un concurso televisivo decía, e insistía, de forma muy engolada, que aquello no lo decía él, sino que lo decía la RAE. En la vehemencia de su argumentación afirmaba: “Que no soy yo, quede claro, que es la propia RAE quien lo dice.” No recuerdo ahora, porque no estaba atendiendo a lo que se emitía, de qué palabra hablaba. Podía estar hablando, imagino teniendo en cuenta la marcada tendencia actual a considerar machista el Diccionario oficial, de zorra, sexo débil, la sexta acepción de femenino, la tercera de masculino, coñazo, cojonudo o cualquier otra por el estilo.

           Este buen hombre, y pido a Zalabardo que observe la ironía de mi expresión, estaba manifestando su absoluto desconocimiento de lo que es la RAE y de cómo funciona el DLE. Explico lo de la ironía: podría haber escrito que es ignorante, zote, inculto, alcornoque, tarugo, cenutrio, cebollino…, palabras todas de claro matiz peyorativo. Y si me moviera el deseo o intención de lastimar u ofender a esa persona, cualquiera de ellas serviría como insulto. Pero me limito a llamarlo buen hombre. Si miramos el Diccionario citado, observamos que con bueno señalamos lo ‘que tiene bondad, o es útil y a propósito, gustoso, apetecible…’; es decir, todo son connotaciones positivas. Igual pasa con hombre, que se define como ‘ser animado racional, varón o mujer’. Y sin embargo, cuando yo he dicho buen hombre lo que deseo es destacar la falta de cultura de ese presentador al hablar así. Vemos, pues, que soy yo quien altera el sentido de las palabras, y no la RAE ni el Diccionario, al despojarlas de su ropaje original y las visto de modo distinto. En ello, creo que cualquiera me entenderá, no hago sino seguir la senda de un uso social que ha establecido la diferencia que hay entre ser un hombre bueno  o un buen hombre. Eso hace que resulte difícil determinar qué sea un insulto, puesto que, cuando del idioma se habla, todo depende en alta medida de los convencionalismos sociales y culturales. 
     
            Zalabardo me solicita que procure ser más claro. Lo intento. ¿Que en el DLE encontramos un buen surtido de definiciones de fuerte tono sexista o abiertamente machista? Pues claro que sí; no seré yo quien lo niegue. ¿Que deberían desaparecer y amoldarse las palabras o sus significados a los necesarios niveles de tolerancia y respeto hacia determinados colectivos? También y, no sé si al ritmo adecuado, creo que el Diccionario se va poniendo al día. Pero entiéndase que los colectivos que pudieran sentirse molestos, ofendidos o insultados, por el tono de ciertas definiciones, son más numerosos y variados de lo que algunos piensan.
            Dicho esto, no debe olvidarse, sin embargo, que se equivocan, y muy gravemente, quienes gritan su condena por lo que la RAE dice en su Diccionario. Porque, le señalo a Zalabardo, la verdad es que la RAE no dice nada ni impone nada. La RAE tiene unas funciones específicas y su Diccionario es solo un reflejo del habla social, no hace más que recoger los usos idiomáticos de un momento que, en gran parte, vienen justificados por los convencionalismos sociales y culturales citados antes. La RAE no sostiene en ningún momento, son dos ejemplos, que zorra sea la ‘mujer liberal, deshonesta’, etc., etc., o que una judiada sea una ‘mala pasada o acción que perjudica a alguien’. Eso lo dice, o lo decía, me gustaría creer que ya no, la gente. El Diccionario se limita a recoger ese uso, a dar cuenta de en qué piensa la gente cuando habla de sexo débil, de coñazo y cosas así.

            Si entendemos lo anterior, deberíamos entender que ha de ser la sociedad la que cambie. Que ni la lengua ni el Diccionario son machistas o antijudíos; son simplemente, fedatarios de lo que se habla en la calle. ¿Qué una palabra deja de emplearse o su sentido pasa a ser otro o su forma se altera? La RAE hace la modificación pertinente. A veces, no lo olvidemos, incluso cuando se rompe la más elemental norma sobre la que un término pueda sustentarse. No es ya que la RAE no diga nada; es que no puede siquiera hacerlo cuando surgen voces que se lo piden. La lengua es del pueblo y es el pueblo quien debe cambiar. La RAE comenta, aconseja o desaconseja. Lo que de ninguna manera puede hacer es imponer. Es tan democrática la lengua, que no lo permitiría. Sus cambios, así han sido siempre a lo largo de la historia, se producen desde abajo, nunca desde arriba. Agustín García Calvo, hablando de la transformación histórica del latín hasta lo que hablamos hoy, decía que el latín nos enseña que el poder no es capaz de hacer nada en los resortes profundos de la lengua, que pertenece al pueblo. Y si un día aparece un término nuevo, aunque sea una barbaridad, véase el caso de portavoza, nada ni nadie podrá imponerlo ni prohibirlo; ni la RAE ni los políticos que, haciendo demagogia, pretenden, vanamente, obtener con ello notoriedad o el favor de los votantes. Será el pueblo quien dicte su veredicto. Si el término se generaliza en su uso, entrará con naturalidad en el DLE. En caso contrario, desaparecerá por las cloacas y, como mucho, servirá de ejemplo de la divertida ocurrencia de alguien que no sabía muy bien cómo funciona el lenguaje. Que en este proceso la lengua gane o pierda es harina de otro costal.